“Es necesaria una visión sistémica. Ningún indicador por sí solo nos va a definir la salud del suelo; hay que hacer una lectura global, integrando lo físico, lo químico y lo biológico, siempre entendiendo el contexto del sistema productivo, del manejo y del productor”, explicó la ingeniera agrónoma Lucía Bauer, directora de gROU Agro, en su primera columna del año en Dinámica Rural.

Resaltó que existen “varias cosas se pueden hacer muy fácil, a campo, que dan pistas de cómo está el suelo”, lo que no quita la relevancia de los datos duros que arrojan los análisis. En tal sentido, recomendó “caminar por el campo, observar, tocar, y luego complementar esa información con los análisis”.

Indicó qué aspectos tener en cuenta para evaluar, por observación, la estructura, la cual “habla de la porosidad, de la aireación; de si hay biología activa”.

Sugirió “clavar la pala” y contemplar “cómo está el campo natural, cómo están las pasturas sembradas, y ver la línea del alambrado, que es donde suele estar el suelo más virgen”. Además, también aportan información el color y el olor, así como las características del sistema radicular, que son en sí “un indicador del perfil del suelo”.

“Los análisis permiten cuantificar la actividad microbiana y el potencial para ver cómo está el ciclado de los nutrientes”, aportando “datos muy importantes como el ph del suelo, la disponibilidad de los nutrientes” y, de ese modo, entender las limitantes y los desbalances.

Por su parte, las pruebas físicas que permiten evaluar la compactación y la capacidad de absorción. “También es muy fácil de hacer el test de estabilidad de agregados, que mide cómo se comporta el suelo en el agua”, añadió.